Juramento Mágico 1

Juramento Mágico”

Capitulo 1

En tiempos antiguos, la magia era pan de cada día, las personas y las criaturas mágicas convivían en paz y armonía, ayudándose mutuamente. Sin embargo, la evolución y la modernidad cegaron a la humanidad, haciéndole creer que ellos eran capaces de hacer todo, sin ayuda de la magia.

Fue así, que místicas historias como el hada de los dientes, el conejo de pascua y Santa Claus, fueron convirtiéndose sólo en cuentos, para adormecer a los pequeños niños.

Los más pequeños, asiduos creyentes en la magia, confiaban con toda su alma en estas historias, más o menos hasta los 10 años, cuando sus mismos pares negaban la credibilidad de éstas.

Y aquí comienza mi historia, con Tom Kaulitz, un chico de rastas rubias de diez años de edad y una noche de víspera de Navidad.

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El muchacho en cuestión, había estado discutiendo con sus compañeros de clase acerca de la verdadera existencia de aquel enorme hombre de traje rojo: Santa Claus. Sus compañeros, un poco mayores que él, le aseguraban que dicho ser no existía y que los regalos eran puestos en el árbol por sus progenitores, cosa que chocó en gran manera al joven rastudo.

Simplemente no puede ser —dijo bajito, mirando el techo de su habitación—. Es imposible, mis padres no tenían ni idea de lo que yo realmente quería para Navidad el año pasado —Volvió a hablar solo, girando en su cama. Se removía de un lado a otro—. Tengo que comprobarlo… esta noche —susurró con resolución.

Bajó a la cocina y tomó una taza de café muy cargado, estaría despierto toda la noche si fuera necesario para: o pillar a sus padres poniendo el regalo en el árbol, o… encontrar a Santa.

Subió de vuelta a su habitación con varias bolsas de gomitas de dulces, sus favoritas y más café en un termo… estaba decidido y nadie puede luchar contra la decisión de Tom Kaulitz.

En la oscuridad de su cuarto, Tom repasaba mentalmente los cuentos que había oído a su madre Simone contarle cuando pequeño, acerca del gran Santa Claus, que leía los deseos de tu corazón y según cómo te portabas durante el año, recibías exactamente aquello que deseabas.

Tom siempre, trató de ser un buen chico en casa, era amistoso, tenía buenas calificaciones (bueno… no excelentes, pero hacía lo posible) y por sobre todo era respetuoso de todos, nunca humillaba o trataba mal a personas que eran diferentes a él. Algunas veces pensó que no recibiría su regalo en Navidad, pero éste siempre llegaba y sus ánimos se reponían.

Entre esos recuerdos, reflexionó en lo que una vez le dijera su abuela, de que había muchos niños y Santa no podía visitarlos a todos en una sola noche, por lo que él utilizaba ayudantes, pequeños duendes mágicos que visitaban vecindarios completos para entregar los regalos de los niños merecedores de aquellos presentes.

Vaya… tal vez no vea a Santa después de todo —Se dijo a sí mismo en un susurro, pero sus ojos seguían iluminados.

«“Un duende” ¿Cómo serán? ¿Completamente verdes y repugnantes? ¡Nah! Si ayudan a Santa no deben ser feos, y aunque lo fueran, son ayudantes de Santa… su trabajo es bueno, por lo tanto ellos también lo son» Pensó resuelto el chico, definitivamente el racismo no estaba en su cabeza, ni por color, raza, ni mucho menos por especie.

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Ya pasaba de la media noche, y tomaba su segunda taza de café cuando decidió que bajaría por algo de leche, el café le estaba dando nauseas.

Apagados por la gruesa alfombra que cubría toda la casa, quedaron los ruidos que pudo provocar el rastudo con sus pasos. Sin embargo, cuando ya estaba por llegar a la sala, se quedó de piedra. Escuchó unos sonidos extraños, cómo cuando buscas algo dentro de un bolso.

«El duende» Pensó el chico y sus ojos se abrieron mucho. Con sumo cuidado ocultó su cuerpo detrás de la pared, asomando sólo su rostro y allí estaba.

Era de su estatura, vestía completamente de negro, tenía pantalones de cuero negro realmente ajustados a sus esbeltas piernas y un top igual. Y algo se movía en su cadera.

¡Tienes cola! —Soltó sin poder evitarlo, la sorpresa fue mucha.

El otro ser de paró en seco y muy, muy lentamente volteó el rostro. Dos pares de ojos chocolates se encontraron y se vieron con intriga.

¿Eres un gatito? Pensé que eras un duende —Volvió a hablar el de rastas y el de negro alzó una mano y chasqueó los dedos, desapareciendo—. ¡No! —dijo en un susurro Tom y al momento se acercó a donde el extraño ser había estado, sólo entonces el rastudo se dio cuenta de algo sumamente importante.

Olvidaste tu bolsa, gatito —susurró al aire, pero muy en silencio, para no atraer la atención de sus padres que dormían en la habitación de abajo—. No puedes dejar a… —Y vio una lista con nombres y comenzó a leer—. No puedes dejar a Peter, a Gustav y a Georg sin regalos. Gustav y Georg, son mis vecinos, definitivamente no puedes dejarlos sin regalos.

Tom esperó un momento y nada pasaba y luego comprendió que era normal que el gatito no quisiera aparecer, tal vez pensaba que estaba en peligro, pero él no le haría nada malo, sólo quería conversar.

Gatito, puedes venir a buscar tu bolsa, juro que no te haré nada, ni diré nada.

¿Lo juras? —preguntó una melodiosa voz invisible.

Lo juro, no pretendo hacerte daño, ni revelar tu identidad, lo juro —afirmó sincero.

Pero los humanos no son confiables… debes sellar tu juramento —Mandó de nuevo la voz—. Y debes saber que quien rompe un juramento queda muy, muy maldito por la magia de los duendes.

¿Y cómo hago eso? —indagó, mirando al aire.

Cierra los ojos —Y así lo hizo, hasta que sintió una pequeña opresión en sus labios, de la impresión abrió los ojos y se encontró con unos hermosos ojos cerrados, perfectamente maquillados que lentamente se abrieron y se alejaron de su rostro.

¿Ya está? —preguntó Tom, con un ligero rubor en las mejillas y un suave cosquilleo en su estómago, el gatito asintió—. Wow, a propósito… soy Tom.

Lo sé… Tom Kaulitz debía traer tu regalo, pero… —Bajó la mirada y se sonrojó.

¿Qué pasa gatito? —El chico levantó la mirada y sonrió.

¿De verdad crees que soy un gatito? —cuestionó feliz, agitando su colita.

Sí, uno muy lindo —respondió, sonriente y sonrojado—. Pero tus orejitas están un poco bajas.

Oh…, eso… —Se puso triste el pelinegro.

No importa, está bien, tus orejitas también son lindas —Se acercó pensando haber lastimado al gatito—. Aunque pensé que los ayudantes de Santa eran duendes.

Lo son, más bien, lo somos —comentó el moreno, moviendo el pie nerviosamente.

Pero tú…

Soy un duende —Admitió el pelinegro, rojo hasta las orejas—. Lo siento.

No lo sientas —El de rastas se acercó y tomándole la mano le instó a sentarse a su lado en el sofá—. Eso no importa. Además, eres un duende muy bonito, aunque parezcas un gatito.

Se supone que no debo mentir ni disfrazarme, pero es que la ropa es tan… fea —dijo un poco indignado.

¿Me dejas verla? —Pidió Tom con una sonrisa.

Mejor no.

Como quieras, no te obligaré, ya te dije que no te haría daño —Admitió el rastudo.

Gracias —Sonrió el moreno.

¿Cómo te llamas, gatito?

Soy Bill, Bill Trumper, duende de Santa Claus en su primera expedición —explicó, orgulloso y de pronto su rostro bajó—. Y lo he arruinado todo —Sus ojos se llenaron de lágrimas lo que asustó un poco al otro chico.

Tranquilo, ya te juré que no diría nada, no te preocupes, no has arruinado nada.

Es que me olvidé de tu regalo Tom, has sido tan buen niño y yo, por mis nervios, olvidé tu querido y merecido regalo —relató sollozando. Tom lo abrazó.

¿Sabes qué? Olvida el regalo, tú me has dado algo mucho más importante que un simple regalo… me has devuelto la confianza en que Santa y la magia existen, eso es simplemente maravilloso —El pelinegro se removió del abrazó y lo miró sorprendido.

No puedo creer que alguien de diez años diga eso. Todos dejan de creer a esta edad —Ambos se miraron a los ojos y de pronto el estómago del gatito rugió y él se sonrojó—. ¡Ups!

¿Tienes hambre? Tengo gomitas de oso —Le ofreció del paquete que tenía en sus manos. El moreno sacó uno y dudoso se lo puso en la boca y al sentir la textura y el sabor, sonrió complacido.

Es delicioso —Admitió y sacó otro más del paquete.

Puedes llevártelo —Le extendió la pequeña bolsita de dulces.

He tomado una decisión Tom —dijo el gatito poniéndose de pie—. ¡Volveré!

¿De verdad? —preguntó emocionado el de rastas.

Sí, volveré y traeré tu regalo —respondió, mirando su bolso de regalos.

Júralo —Pidió el chico.

Lo juro —afirmó Bill.

Sella tu juramento —PidióTom, alzando una ceja. El pelinegro se acercó lentamente y ambos cerraron los ojos al sentir los labios del contrario. Esta vez el beso fue un poco más duradero y luego se separaron.

Ya está —dijo Bill, triunfante.

Dime Bill ¿Por qué deben sellar sus juramentos? —El moreno volvió a sentarse y se llevó una mano a la cabeza, como tratando de recordar.

Es que los duendes tienen muy mala memoria y si sellan un juramento es porque es algo muy importante, porque nosotros no vamos por ahí besando gente, ¿sabes? —contó algo sonrojado, pues él mismo ya había besado dos veces a Tom.

Entonces yo juro que mañana te tendré más gomitas de oso —Los ojos de Bill brillaron y sin siquiera pensarlo habló.

Séllalo —Y cerró los ojos. Tom apreció la belleza del gatito mientras se acercaba a su rostro al rozar sus labios, esta vez moviéndose un poco y quedándose allí hasta que ya no pudo respirar. Los dos chicos se miraron ruborizados.

Gracias Tom, de verdad eres un buen chico… pero ahora debo irme, tengo magia, pero debo terminar de entregar estos regalos o toda mi misión estará arruinada —El de rastas se entristeció un poco.

Entiendo, pero no olvides cumplir con tu juramento… Te espero mañana —Bill sujetó su bolso de regalos y con una mano chasqueó los dedos…desapareciendo.

Tom se olvidó de tomar su leche y volvió a su habitación lo más rápido posible y tendiéndose en su cama, puso un dedo sobre sus labios. Había besado y había sido besado, todo en una noche y nada más ni nada menos que en la noche de Navidad. Ya tenía su regalo, lo que secretamente había pedido ¿Qué podría ser mejor que eso? Sólo la posibilidad de volver a ver al hermoso gatito.

Bill —dijo en un susurro, cerrando los ojos y dejándose vencer por el sueño.

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El día siguiente, Tom estuvo en su nube, pensando en varias cosas que quería preguntarle a su gatito. Apenas comió, pero sí se aseguró de ir a la tienda y comprar varios paquetes de gomitas de oso, después de todo, no quería romper su juramento.

Por fin la noche llegó. Esperó a no escuchar ruido en la habitación de sus padres y bajó a la sala. Estuvo allí hasta la media noche y en un chasquido apareció Bill, vestido en un traje de gatito igual, pero un poco más brillante. Instintivamente se puso de pie y corrió a abrazarlo.

Por un momento pensé que no vendrías —dijo un Tom, tembloroso y ansioso. El pelinegro respondió el abrazo un poco sorprendido por la reacción del chico de rastas.

Te dije que un juramento sellado no se debe romper aunque… —Bajó la mirada, un tanto avergonzado.

¿Qué? ¿Qué sucede? —Se asustó el chico.

No pude encontrar tu regalo Tom, creo que lo extravié en mi viaje mágico hasta aquí. Yo… lo siento tanto —susurró al borde del llanto.

No… no tranquilo —Le abrazó nuevamente y por un momento pensó que para él, el mejor regalo había sido aquel beso, su primer beso—. Eso no importa… las cosas materiales se deterioran y se destruyen.

Eres muy maduro Tom, ojalá yo fuera tan responsable como tú —comentó, soltándose y mostrando sus mejillas sonrojadas.

¿Tom? —Se oyó la voz de Simone.

Bill, es mamá —El duende desapareció.

¿Qué haces aquí Tom? —Preguntó la mujer mirando a su hijo.

Vine por un vaso de leche y me quedé un rato mirando las luces del árbol, nada malo mamá, vuelve a dormir —dijo tratando de sonar calmado, su corazón latiendo a mil.

Juraría que te oí hablar con alguien —comentó la mujer, vislumbrando todo el lugar.

Vuelve a dormir mamá.

Está bien, pero no te quedes mucho rato aquí, debes dormir pequeño.

No me digas pequeño —Gruñó haciendo un puchero, su madre sonrió y regresó por donde vino—. ¿Bill? —Llamó en un susurro.

Aquí —habló Bill, en forma miniatura arriba del televisor.

Wow, eres sorprendente. Debemos subir a mi habitación para que no te vean —Sugirió, buscando la seguridad del gatito.

No puedo estar en ningún lugar que no tenga un árbol navideño —explicó el duende.

Eso no es problema, tengo una miniatura de árbol en mi escritorio.

Genial —dijo feliz Bill, quien saltó a la palma de la mano del rastudo, mientras subían las escaleras.

& Continuará &

¿Revelará Bill su verdadera forma de “duende” a Tom? ¿Se acabará la amistad de los chicos, cuando la Navidad termine? Todo esto y más, en el próximo capítulo.

Escritora y traductora del fandom

2 Comments

  1. woaaah…hace siglos que no leía esto. No recuerdo mucho, sólo partes conforme voy leyendo :3, duendes de Navidad, amo esta temporada. Y esta historia me lo reafirma.

  2. Moría por leer este fic en diciembre pero con tantas cosas por hacer se me fue la temporada navideña.
    Este fic siempre me ha gustado y ahora que extraño la navidad aprovecharé paa volver a leer XD

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